Ensayé un discurso en el idioma
que me han asignado al nacer,
titubeando al pronunciar las dichosas
palabras de la dinastía que se concebía
como la civilización humana.
Me enseñaron agua
digo pantano
porque el musgo y sus robles
se han convertido en
mi bioma, un hogar flotando
entre dos mares y soles.
Entre burbujas de tortugas
y las sombras de caimanes
navegaba por los canales
de correcciones,
trabalenguas
y dichos intraducibles
que formaban una barrera
más ancho que los anillos de Saturno,
más infranqueable que las reglas
gramaticales carentes de
su nido cultural.
Me llamaron forastera en mil tierras,
me decían que no contribuía a la tradición
autóctona de letras nuevainglesas
que sería siempre para los que conocían
los rayos de un sol y el olor del agua
cristalina de un mundo cubierto en montañas.
Cuando volvía una y otra vez
a la nave donde vivía,
soñaba en sonetos y corridos
de todo lo que Abya Yala nos brinda,
de praderas y cordilleras donde vuelan
los cóndores y truenan las tormentas.
A veces imagino una cesura cósmica
…Alguien que pueda entender mis palabras
de nuestra herencia.
Como siempre lucho contra
una cultura de museo
de una computadora
que colecciona mis palabras
de agradecimiento, de tristeza
sin que me responde.
En las zonas remotas
donde solo nos quedan edificios de metal
y zumban excavadoras
que convierten la roca en túneles iluminados,
canto para mis hermanes poetas
desde la nave que viaja
de la tierra y sus lombrices
al seno de una galaxia que también llora en quechua,
discute en portugués y ríe en chileno.
Dondequiera que estés, te enseñaré cómo nombrar
los pájaros, los satélites y las historias
de nuestro pasado y porvenir,
solo hace falta seguir buscando.