—La Señora Matilde —me dice un hombre que descarga frutas de un camión como si no quisiera problemas— vive en una de esas casas con los demás dioses.
El cielo de la tarde se ve rosado y las nubes se mueven lentas mientras yo tengo el celular en la mano con la aplicación de Google Maps abierta. Frente a nosotros se extiende un monte de casas de arquitectura japonesa amontonadas entre sí, unas sobre otras, de tal modo que es difícil distinguir dónde acaba una y dónde empieza la otra. El señor de las frutas tiene los labios púrpuras y brillantes. Quizás nota que me le quedo viendo la boca pues se la restriega con la manga de la camisa varias veces.
—Es que me gusta mucho la chirimoya azul —se excusa.
Le pregunto con una inocencia fingida si vive en ese barrio pero él niega con la cabeza como si hubiese dicho algo escandaloso.
—Yo soy un trabajador, nada más.
—¿Cuál de todas esas casas le pertenece a la Señora Matilde? —pregunto mientras le muestro la pantalla del celular—. Mi Google Maps se volvió loco.
—Es la 36 —responde acariciándose el labio que aún sigue morado—. Pero de poco le va a servir eso allá arriba.
—¿Y cuál es la 36? —miro de nuevo la montaña de casas.
El hombre sonríe como si fuera algo evidente.
—Pues la 36.
No pregunto nada más. Recibo un mensaje de Sara justo antes de guardar el celular en mi maleta y me acuerdo de lo que me contó el otro día, después de que terminara su ronda con los perros. Avanzo con paso lento hacia el barrio de los dioses mientras el cielo empieza a mostrar sus primeras sombras.
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El barrio de los dioses tiene un nombre impronunciable que empieza por “Ka” y termina en “baba”. Lo que hay en el medio es irreproducible para aquellos que no vivimos allí. A pesar de eso, cualquier persona puede subir la loma y adentrarse en el barrio hasta cierta hora sin que nadie se oponga (hay algunas salvedades, por supuesto, como quienes vienen de los barrios periféricos en el sur y no son trabajadores, pero yo ya sé cómo pasar desapercibido). Las calles son estrechas y empinadas, hechas de grava y merecumbé, y huelen a incienso de anís. Hay pequeñas tiendas de madera y mercados en los costados, iluminados de neón cuando se hace de noche, en donde se venden pequeños fetos en frascos de colores. Los fetos tienen rostros fruncidos y encogidos y están suspendidos en un ámbar luminoso. Están hechos de sueños y son un encanto para los dioses, como golosinas o pequeñas mascotas. Algunos de ellos están recubiertos de cera y tienen una mecha en la parte superior para venderse como velas aromáticas. Las hay de lima limón, de bouquet de rosas, de cedro verbena, de flor de azahar, de higo de oriente, de lavanda menta, de magnolia vainilla, de pomelo melón, de sandía pepino o de tilo bambú.
Quienes atienden los mercados son dioses con cabezas peculiares. Algunas de ellas parecen exudar una mermelada afrutada y tener escamas hechas de pétalos de cristal. Otras están hechas de parches de tela y tienen los ojos cosidos, así como la nariz y la boca. Otras son soles con las que no se puede hacer ningún tipo de contacto visual (más que por el daño a la retina, por visiones tenaces que tienen que ver con pesadillas y desollamientos). Otras parecen hechas de plantas negras como el carbón y untadas de sábila y espuma. Otras son bolas grandes color chicle con los ojos apeñuscados y del tamaño de una canica. Otras son cabezas de animales, de bisontes o de búfalos, hechas de ópalos, granates y perlas blancas.
—¿Sabe por dónde se llega a la casa de la Señora Matilde? —le pregunto a un dios bisonte que me mira con los ojos llanos y sin expresión.
Su piel de gemas reluce con las luces neón del pequeño puesto de mercado y me pregunto, con la esperanza de que este dios no lea los pensamientos, cuánto valdrá su cabeza. El bisonte hace un gesto negativo y los pendientes de las orejas de vidrio tintinean levemente por lo que avanzo hacia el siguiente puesto.
Los dioses no sonríen, ni siquiera los que tienen varias bocas. Apenas gesticulan y mueven la cabeza de forma lenta y medida. Algunos abren las mandíbulas y muestran una serie de dientes acrodontos que se superponen unos sobre otros hasta las profundidades de la laringe (imagino sus tráqueas hondas como un pozo sin fondo, con una pequeña luz muy adentro que augura la posibilidad de un más allá). No sé por qué hacen eso pero me hacen sentir que no estoy en el lugar correcto para hacer preguntas si no voy a comprar nada. Finalmente, cedo y tomo uno de los fetos cubiertos de cera aromatizada para comprarlo. La etiqueta dice: Citrus Wood: Donde el alma sonríe y abajo el precio. Tengo que acercarme mucho a la etiqueta para cerciorarme del número impreso. Los dioses valoran mucho los fetos pero aun así el precio me parece exagerado.
—¿Reciben Nequi? —pregunto resignado.
El dios con varias lenguas en el rostro extiende una de ellas con un código QR en la punta. Pago la vela y la miro con atención. El embrión fosilizado tiene una boquita abierta en forma de O y las manos muy juntas como si escondieran algo importante. Parece hecho de barro y gelatina y tiene el vientre hinchado (a pesar de que se le marcan las costillas con algunas líneas finas). Pienso en llamarlo Sami, por alguna razón, pero me siento mal por ello, como si fuera una crueldad peor que la de encender la mecha y dejar que su perfume cítrico llene el espacio.
Me quedo de pie frente al puesto sin saber muy bien cómo proceder. El dios todavía no tiene ningún interés en mí, lo sé pese a que su rostro es solo un racimo de lenguas.
—Mis sueños son silenciosos —se me ocurre decir entonces. Las lenguas se mueven despacio, como si flotaran en el agua—. Sueño con muchas flores blancas, con cuarzos azules y con ojos turquesas.
El dios ladea su cabeza.
—Sueño con policubos y poliedros, con un píxel magenta y con un cerebro humano cayendo en un gran tablero de tetris.
El dios se inclina levemente hacia adelante.
—También sueño con grandes espacios vacíos —continúo—, con monos capuchinos y con oscuridades andróginas.
Sus lenguas empiezan a salivar y sé que estoy atrapando su atención como si ahora yo fuera el vendedor y él un cliente interesado. Los dioses tienen una debilidad por las palabras que suenan a acertijos y que provienen de los sueños.
—Los monos capuchinos juegan tetris en un estado constante de elasticidad.
El dios se estremece y se yergue de golpe. Di con la palabra clave, con la llave de entrada.
—La elasticidad es una ciudad perpleja —añado— y yo estoy buscando dónde está la casa de la Señora Matilde.
El dios sacude la cabeza y gotas espesas de baba caen sobre las velas y sobre el puesto de madera. Las lenguas se mueven con rapidez, dibujando círculos largos y símbolos que me cuesta descifrar.
“El silencio navideño es una entidad boscosa”, le entiendo. “Las siluetas de fuego se enroscan en su embudo por una calle de piedra y papel maché.”
No añado nada más y sigo mi camino con una sensación de triunfo en el pecho mientras el cielo se vuelve color salmón con escamas de hematita en un patrón tan simétrico que me cuesta creer. Incluso el cielo se ve diferente sobre el barrio de los dioses.
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Cientos de ojos me observan con detenimiento entre ranuras y grietas delgadas mientras subo la loma por una calle angosta hecha de piedra y papel maché. Son ojos pequeños, brillantes y silenciosos como perlas escondidas en el fondo del mar entre la arena y el espacio azul. Los dioses empiezan a intuir que tienen un intruso en su barrio, pero no pueden hacer nada al respecto, al menos por ahora. La calle se estrecha a medida que avanzo como si fuera un embudo y pequeñas polillas revolotean alrededor de las farolas de luz amarilla y anaranjada. Sus sombras como hojas dibujan patrones, espirales y sinusoides, y puedo notar cierta tonalidad azulosa en el suelo. La calle se está volviendo azul.
Entonces pienso en la Señora Matilde, en sus alas de mariposa, sus alas de betún, que tanto me maravillaban cuando era niño, cuando la veía en las estampas en el altar de mi mamá junto con los rosarios y los escapularios, en las paredes del colegio o en las ventanillas de los taxis y de las busetas. Recuerdo las historias que contaba la gente sobre la Señora Matilde, historias de apariciones y milagros, de premoniciones, de grandes riquezas y de frutas azules antes de que las comercializaran y dejaran de ser exclusivas para los elegidos. Frutas que provocaban visiones extraordinarias.
Me acuerdo también de Samuel, un compañero con el que estudié en el colegio, y de su familia que era devota de la Señora Matilde como nadie. Decían que la matrona se les había aparecido en una arepa quemada, en una mancha de humedad del techo y en un charco de orina del perro. Tres veces en total y entonces empezó a llegar la plata, la ropa de marca, las piedras preciosas, las jaleas mágicas, los celulares caros y las frutas azules. Todo por obra y gracia de la Señora Matilde.
Samuel decía además que la matrona lo seguía a donde fuera, que la veía en los reflejos de los vidrios, que vestía toda de blanco, cubierta de abrigos y chales finos, y que se pasaba una servilleta por la boca una y otra vez. Tiene los labios azules, confirmó y todos lo escuchábamos maravillados. Pero, ¿y las alas? le preguntábamos en seguida, ¿los ojos de insecto?, ¿las culebras negras? Nada de eso, respondía. La que aparece en las estampas y estatuillas no es la señora Matilde. ¿Ah, no?, replicábamos. ¿Y entonces quién es? La pregunta quedaba flotando en el aire, suspendida como un cuerpo en el agua, y Samuel no sabía qué decir (esto fue antes de que se supiera que los dioses se habían mudado a la ciudad). Yo sentía como si mis dedos se quemaran y me quedaba viendo el paisaje de alguna ventana hasta que se hacía de noche y me preguntaba cuánto se demoraría esta sensación tan pesada y triste en irse de mi pecho.
Samuel traía su fruta bendecida al colegio en su lonchera color verde radioactivo y la destapaba frente a nosotros. La sostenía como a una hostia y ella destellaba como una gema preciosa bajo el sol. Mordía su carne untuosa y azul con los ojos cerrados como si fuera la cosa más delicada y deliciosa del mundo. Mascaba y mascaba y un aroma dulce se le llenaba en la boca y nos hacía pensar en sirenas, en caballitos de mar o en el beso de una chica linda. Echados en el pasto, una nube en el cielo. Yo pensaba en el color de las frutas. En las frutas normales, llenas de pecas y manchas, prontas a ennegrecerse, a llenarse de moho y a volverse blandas como puré. Las frutas azules eran eternas. Eran como diamantes. Eran dioses.
Pero las visiones de Samuel después de comer la fruta no fueron lo que esperábamos. Al principio, eran sobre esta realidad, sobre cosas que pasaban en la ciudad, atracos o accidentes automovilísticos. Eran visiones sutiles, una suerte de reportes sobre hechos concretos que estaban por ocurrir. “Va a haber un accidente en la Av. Calle 13 con carrera 134. Un motociclista morirá”. “Balacera en la estación de Transmilenio de Alcalá el próximo martes. Dos heridos”. “Operador de aseo morirá tras caer de un camión de basura en Usme. Habrá congestión en la zona”. “Habrá un intento violento de atraco en el barrio San Antonio con armas de fuego. Un muerto”. Los profesores solían acudir a Samuel cuando se acababan las clases para que les dijera cómo estaba la movilidad, cuál era la mejor ruta para devolverse a sus casas o qué lugares evitar para que no los robaran. Nosotros también le preguntábamos cosas, dibujábamos mapas con sus visiones y después revisábamos los noticieros para confirmar lo que decía. Nunca fallaba. Nos imaginábamos luchando contra el crimen, frustrando cada intento de atraco, cada accidente. Salvando vidas.
Samuel pensaba que era normal que al comienzo la fruta mostrara cosas cercanas a nuestra realidad mientras su organismo se adaptaba, pero que eventualmente tendría esas visiones extáticas del Edén, un lugar de ensueño, lleno de árboles de cerezo, flores de jazmín y largas grullas blancas, que tanto habíamos leído y escuchado desde que éramos pequeños. Sin embargo, sus visiones empezaron a volverse cada vez más extrañas. Ambiguas, vagas, irreales.
Empezó a ver una ciudad enterrada debajo de la nuestra, compuesta por complejas redes de túneles subterráneos y habitada por comunidades desconocidas, no registradas por ninguna entidad estatal. Alguien se adentraba por uno de esos túneles subterráneos con una linterna en la mano y la respiración agitada. Voces, pasos aproximándose. Catacumbas profundas, llenas de cuerpos en descomposición, gente sin piel, roja, rosada, vinotinto, ocre. Fetos colgando como frutas o adornos navideños. Santuarios de carne, hechos de pezones y vulvas palpitantes. Una risa. Gruñidos y cantos. Una ceremonia. Rostros con cientos de ojos o lenguas. Cabezas hinchadas y brillantes y todo recubierto con cera de parafina. Un animal saliendo de la oscuridad, del lodo y las cenizas. “Debajo de algo siempre hay otro debajo,” decía una voz. “La piel es un órgano elástico,” decía otra, “los sueños son las pieles de la mente, aquello que cubre las vísceras de su inconsciente”.
Samuel dejó de dormir. Dejó de comer la fruta azul y después dejó de comer del todo. Parecía enfermo, tenía dos sombras de mapache alrededor de los ojos y la piel tan pálida que se le veían pequeños vasos sanguíneos en las sienes. A cada rato se excusaba para ir al baño y una vez vomitó sobre el pelo de una niña en medio de una clase de biología. Estábamos aprendiendo las partes de la célula eucariótica y Samuel vomitó bilis, más que nada, pues no comía. La niña gritó, le ardía la cabeza, el ácido estomacal le estaba quemando el cuero por lo que la profesora se los llevó a los dos a la enfermería. Samuel no dejaba de hablar de la ciudad subterránea, de distintas entradas que estaban regadas por doquier pero que nadie conocía y de los desollamientos y de las ceremonias que ahí se daban. Con el tiempo, las venas en su cabeza se fueron ensanchando hasta el punto en el que parecían raíces debajo de la piel, culebras siniestras.
La última vez que lo vi, dijo que la matrona estaba cada vez más cerca de él. Decía que la veía con claridad en todos los reflejos, en las ventanas de los buses, en los charcos o en las vitrinas de los centros comerciales. Le veía la boca, los labios delgados y azules, los dientes pequeños, amarillos, y sentía el aliento, el olor a perfume caro, a piel seca. El movimiento de los aretes de oro, el tintineo de las pulseras. “No puedo hacer nada,” dijo, “devoró todos mis sueños y se chupó los dedos”. “Yo no la veo,” le dije y, aunque no lo admitiera entonces, me emocionó la idea de que pudiera estar cerca de la Señora Matilde, incluso si era una alucinación de Samuel. “Cuando me entregue su fruta sangrienta,” sentenció, “me llevará con ella para siempre”. “¿A dónde?”, le pregunté. Él miró para arriba y después hacia atrás, sobre su hombro. “Al Edén”.
Su familia explicó que lo transfirieron a otro colegio fuera del país y que ellos también se iban a mudar. La matrona les había dado los recursos suficientes como para irse a donde quisieran. Pero en las noches, mientras intentaba dormir, pensaba en las visiones de Samuel y en la Señora Matilde comiéndose sus sueños. Me preguntaba si había algo de real en eso y si era cierto lo que su familia había dicho. Entonces sentía una presencia en la oscuridad, como si alguien me estuviese inspeccionando en algún rincón de mi cuarto y quisiera que me fuera a dormir de una vez.
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El Edén habitó siempre un lugar mágico en mi imaginación.
Me gustaba pensar que allí había animales grandes como osos o tigres blancos. Que había dioses tocando instrumentos de cuerda, flores tentaculares y pequeños monos capuchinos trepando de un lado a otro entre los árboles de fruta. Veía la silueta de un dragón de plumas volando en un bosque de bambú y a un mono bebé acariciando los tentáculos de una flor amarilla. Imaginaba el pico de una grulla blanca picando cerezas de un gran árbol azul, el agua del sol rociando mis pies, una flor del loto en medio de un lago, brillando como un pezón suave. Había helechos delicados, nubes rosadas, serpientes y anguilas navegando por el agua y el aire. Había pavos reales, estrellas de mar y, tras los dioses, una estatua de la Señora Matilde, humilde y serena, pintando el cielo con una luna.
Sin embargo, cuando la fruta azul se comercializó y empezó a venderse en los puestos de frutas, en las plazas de mercado, en las tiendas de barrio y después en los supermercados y en las droguerías, me comí una, varias, pero no tuve ninguna visión. Nada de jardines ni Edenes.
Sentí lo típico. Los músculos relajados, una somnolencia suave, la mente más despejada y, en general, una sensación de bienestar y de tranquilidad. Mis labios se suavizaron, estaban hidratados, y las cosas de la ciudad como la pobreza, los atracos o la inflación dejaron de afectarme. Las ventanas se volvieron mis objetos predilectos y podía sentarme delante de una durante horas sin aburrirme. Me sentía como una gaviota de mar mirando peces en el agua. Si me quedaba muy quieto, podía imaginar que salían plumas de mi piel, que mis ojos se volvían pequeños y afilados y que podía pescar personas con mi pico. Me imaginaba llevándome a señoras mayores con sus carritos del supermercado, a hombres en traje que iban camino a alguna oficina, a parejas agarradas de gancho o a estudiantes universitarios, siempre con afán. Me imaginaba tragándomelos de un solo bocado o llevándoselos a mis polluelos hambrientos. Pero nada de jardines ni Edenes.
Empecé a llevar una bolsa de frutas azules conmigo para comerlas cuando las necesitara. Sentado en un parque, durante una reunión familiar, en una sala de espera, en un Transmilenio en hora pico o en la cama antes de dormir. Comía para olvidarme de cosas, para no sentir, como si algo me estuviese acechando en un rincón de la mente. Me gustaban sobre todo las chirimoyas, porque eran las más baratas y las más fáciles de conseguir. Me gustaban también unos salpicones que preparaban en la 45 con Caracas, a los que les echaban leche condensada o miel, y con los que podía quedarme despierto una noche entera de fiesta sin parpadear.
Pero después empezaron las regulaciones y la fruta subió de precio. El color también cambió, parecían más moradas que azules y eran más dulces que antes. Crearon una versión para niños también. Venían en paquetes de colores y estaban cubiertas de azúcar y con un relleno ácido en el centro. Supuestamente no eran psicotrópicas ni depresoras, pero cada vez que veía un niño en la calle o en algún parque notaba algo extraño en su mirada. Tenía los ojos hinchados y parecía como si estuviera suspendido en una piscina oscura o perdido en un planeta extraño.
—A lo mejor está en el Edén —comentó Sara una tarde soleada, sentados en un parque, mientras veíamos a un niño en un coche con la mamá.
Entonces me contó que su sobrino, que parecía tener la misma edad que el niño del coche, le había mostrado un dibujo de la Señora Matilde. Al parecer, la había visto acurrucada en una callejuela entre dos edificios, entre pilas de basura, una mañana cuando iba al colegio. Nadie en su clase le creyó y él la dibujó. En él, había manchones azules sin sentido, una bola hecha de líneas rectas y algunos cuadrados alrededor. Si bien Sara no era devota de la matrona, le explicó que ella era como una mujer con alas, llena de serpientes y vestida toda de blanco y le mostró fotos de las estatuas y los escapularios. Pero su sobrino negó con la cabeza e insistió en que así se veía, y que ella misma le había dicho que era la Señora Matilde.
—A lo mejor fue una visión de una fruta que se comió —sugerí, pero Sara me explicó que su hermana no permitía que su hijo comiera esas cosas empaquetadas.
Para ese entonces, cuando Sara llegó a mi vida, había tomado la decisión de dejar las frutas azules. Ya no me relajaban ni me hacían sentir bien. Estaba hastiado, con la mente llena de hormigas, la boca con llagas y los ojos hinchados. No comía ni dormía bien y estaba ansioso, sentía como si alguien me estuviera siguiendo, rondándome la espalda, el hombro y el borde de una oreja. También noté que ya no soñaba en las noches. Sara fue la que me hizo caer en cuenta de eso, cuando mencionó que había vuelto a soñar apenas dejó de comer las frutas. Después de dos semanas sin comerla, poco a poco, también recuperé mis sueños. ¿A dónde se habían ido?, me pregunté una mañana y me acordé de lo que mencionó Samuel la última vez que lo vi, de que la Señora Matilde se había chupado los dedos tras devorar los suyos.
—Me gustaría verla también —dije entonces.
—¿Te imaginas que esté aquí en Bogotá? —me preguntó Sara y un pájaro voló muy cerca de nuestras cabezas.
Ella no creía mi idea de que la Señora Matilde se estaba comiendo los sueños de los que consumían su fruta. Pensaba en cambio que esa ausencia repentina de los sueños era por algún efecto de la fruta en el cerebro. “A lo mejor, aumenta la sensibilidad a la adenosina, como la marihuana, haciendo que el sueño sea más profundo”, sugirió. Tenía sentido. Sara estaba interesada en la forma como los alucinógenos y otras sustancias operaban en el cerebro. También le interesaban las experiencias místicas y encontrarles alguna explicación racional. Había leído sobre el yagé o el peyote y hasta hagiografías de santos españoles del siglo XVI. Había probado las frutas azules más como experimento científico que por otra cosa y se decepcionó al igual que yo por no tener ninguna visión extraordinaria. Al parecer, concluyó con ironía, las visiones estaban reservadas para los elegidos, no para quienes compraban la fruta en el supermercado. También notó las pequeñas venas que se estaban asomando en sus sienes y la tonalidad violácea en los labios por lo que decidió abandonar el experimento del todo.
Pero yo no dejaba de pensar en Samuel.
Cuando la mamá y su hijo se fueron del parque, los seguimos con la mirada hasta que desaparecieron del todo. Estaba anocheciendo y un viento frío nos golpeó la nuca. Una chica lloraba en una banca cercana, con la cara hundida en las manos, y unos muchachos charlaban animados en otra. Llevaban una bolsa plástica llena de frutas azules y un parlante donde sonaba música a todo volumen. Uno de ellos rapeaba pero los demás no le prestaban atención. Rapeaba sobre estados alterados de consciencia y sobre una balacera en una calle de San Antonio. Sara y yo nos miramos cuando nombró a la matrona, su presencia bendita, y los dos encogimos los hombros. Quizás por el frío o quizás por otra cosa.
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Las cosas cambiaron cuando se supo que la Señora Matilde y una caravana de dioses se habían mudado al nororiente de la ciudad.
“La Señora Matilde es una mujer delicada, un ángel azul,” decía uno de sus devotos en un reportaje de un noticiero. “La Señora Matilde no le cierra la puerta a nadie,” decía otro. “Cualquiera es bienvenido en su casita de la loma”. Gente de otras ciudades o incluso de otros países peregrinaba para visitar a la matrona. “Dentro de su casa hay montañas y selvas enteras,” decía un peregrino que venía de Buenos Aires, “los más hermosos atardeceres, llenos de loros y guacamayos, nubes como peras con canela, olores que devuelven a la infancia, a un amor perdido, ¡la vida entera, carajo!”.
En ese entonces, Sara trabajaba paseando perros y yo dando clases de rumba aeróbica. Ambos trabajábamos en las mañanas y en las tardes por lo que teníamos tiempo de vernos a mediodía y almorzar. Casi todas las semanas, traíamos nuevas historias sobre la Señora Matilde que escuchábamos por ahí.
Sara llegaba cansada y cubierta de pelos de sus rondas matutinas. Tenía que pasar cada día por una calle llena de talleres mecánicos donde los hombres la miraban de arriba abajo con sus radios portátiles en la mano o escuchando videos de Youtube en sus celulares. Una vez, Sara me contó que, mientras pasaba, escuchó por una de sus radios el testimonio de un taxista que contaba que una Señora Matilde en miniatura se le había metido en la boca como si fuera un insecto y que se la había tragado sin querer. “La tengo en mi estómago”, comentaba el hombre entre asustado y feliz, “la siento aquí conmigo”.
Otra vez, me contó que vio a los mecánicos llorando una mañana en la que dijeron por la radio que habían encontrado a la Señora Matilde muerta cerca de un colegio, rodeada de palomas y de hojas secas. Una mujer que barría descubrió el cuerpo y el lugar se llenó de niños que querían tocarlo, hundir las manos en la carne de la santa. Pero al día siguiente desmintieron esa noticia pues, al parecer, fue vista en un supermercado pelando bananos e invadiendo el lugar con serpientes sabaneras y otras culebras rojas que devoraron todas las latas de maíz y las canastas de huevos.
Yo, por mi parte, daba clases de rumba a señoras pudientes en conjuntos cerrados o en parques cuando hacía buen clima. Algunas de ellas me invitaban a un café después de clase o me daban el número de sus hijas para que las llevara a comer o a alguna fiesta. A veces me daban regalos, camisas de manga larga o cinturones de cuero, y me hablaban de sus maridos como si yo fuera consejero matrimonial. Me decían que me quitara los piercings de las orejas y que no me fuera a hacer otro tatuaje más, aunque también admitían que me lucían en los brazos. Me mandaban mensajes fuera del horario de clases, fotos de atardeceres en la playa cuando se iban de viaje, fotos posando con los maridos o con sus hijas o invitaciones para jugar tenis en su club.
Una de ellas me contó que había jurado ver a la Señora Matilde la noche anterior, sentada en el asiento de copiloto de la camioneta de su marido cuando él regresaba del trabajo, pero que después desapareció. Tenía un brillo verdoso y parecía un espectro. Después, me contó que un obrero que trabajaba en una de las obras de su empresa familiar había visto a la matrona entrar en el edificio a medio construir, subir las escaleras hasta el último piso y dejar el lugar lleno de velas aromáticas como si fueran las ofrendas de un ritual.
Otra de ellas me confesó en un Juan Valdez que le había salido una Señora Matilde en una ecografía. Al parecer, la matrona se estaba adhiriendo a sus glóbulos blancos, como un insecto que inserta el aguijón en su presa y no lo deja ir, y que tuvo que empezar un tratamiento de quimioterapia por eso. Como si tuviera un tumor. También me contó que una de sus hijas había contraído una enfermedad venérea después de que un muchacho la sedujera y le confesara, después de haberse acostado, que la Señora Matilde se le había manifestado en su cuerpo en forma de bacteria que se propagaba por medio de los fluidos corporales y que en ningún momento había tenido la intención de infectarla. La matrona lo había obligado.
Cuando Sara la vio, mantuvo la calma en todo momento. Esa noche había dormido mal y se había levantado de la cama con un mal presentimiento en el cuerpo. Los mecánicos de los talleres la miraron de forma hostil mientras pasaba por la calle y uno de los perros, un chihuahua llamado Nugget, se le escapó de las manos y salió corriendo hasta desaparecer en un edificio en obras. Lo buscó por todas partes mientras los demás perros la jalaban de un lado a otro y, finalmente, lo encontró en una callejuela donde habían apuñalado a alguien recientemente. Había un charco pequeño de sangre seca que Nugget lamía sin parar y Sara suspiró aliviada apenas lo vio.
¡Nugget!, lo quiso llamar, pero la palabra se le atragantó.
La Señora Matilde aterrizó sin hacer ruido. Parecía como si su cuerpo no fuera afectado por la gravedad, pese a su tamaño y geometría. Los perros desaparecieron. También el charco de sangre y las calles a su alrededor. Todo desapareció menos la matrona que se relevaba frente a ella.
Sara se acordó por alguna razón de una noche que pasó en un hospital cuando era adolescente. Era un hospital oscuro, lleno de manchas de humedad en las paredes y con unas camillas viejas, duras como tablas. Su mamá tenía la cara roja, pero Sara no sabía si de la rabia o del pesar y pensó entonces en una fruta de bordes rugosos e inciertos. Una fruta caliente, a punto de reventar. Una enfermera le puso suero intravenoso y escuchó la voz de dos hombres que hablaban en el pasillo. Hablaban en voz tan baja que ella pensó por un momento que se trataba de dos gatos maullando o de monjes recitando breves “om”. Lo único que escuchó con claridad fue “intento de suicidio” y la cabeza le pesó varios kilos, tantos que tuvo que echarla hacia un lado y dejar que los ojos se le cerraran. En la oscuridad de los párpados, vio una esfera celeste que tembló levemente como el reflejo de un lago y otras luces pequeñas que titilaban a su alrededor. Creyó escuchar el sonido de una campana o de un motor que se alejaba a lo largo de una calle soleada y, con el paso del tiempo, se sintió cada vez más liviana. Se sintió hoja, la hoja verde de una fruta recién nacida.
La esfera, hecha de agua y luz, se volvió entonces un cubo que se descompuso en cubos más pequeños para volver a ensamblarse. Repetían el procedimiento varias veces y cada vez formaban una estructura diferente, como la de un L larga o una figura quiral. Parecían pequeñas piezas de tetris o rompecabezas para niños. A veces, algunos cubos se volvían más grandes y los pequeños entraban en él formando teseractos, cubos de cuatro dimensiones. Otras veces, se recogían y se plegaban sobre sí creando patrones que recordaban a los de un gran cerebro blanco y marrón.
“La elasticidad es la capacidad mínima que tienen los seres para sobrevivir,” escuchó que decía una voz, “la fuerza para sostener la vida, la memoria y el conocimiento”.
El cerebro era el que hablaba, con su geometría cambiante, y Sara se sorprendió por la cantidad de formas que la materia podía asumir.
Vio la esfera de nuevo moviéndose como una burbuja. Parecía brillar en medio de un escenario de madera. Flotaba en silencio, en su dulce abstracción, y, finalmente, reventó.
Cuando la Señora Matilde desapareció y la realidad a su alrededor volvió a la normalidad, Sara tuvo que sentarse en la calle y mirarse las manos para cerciorarse de que fueran las suyas. La gente pasaba a su alrededor y los perros se sentaron a su lado con toda la disposición de esperarla. El cielo estaba despejado y la sombra de las hojas de un árbol se movía con suavidad en el pavimento. Pero Sara no encontró ningún árbol detrás de ella. Lloró un rato largo hasta que el dueño de uno de los perros la llamó iracundo y ella terminó su jornada más tarde de lo habitual.
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Avanzo entre casas de arquitectura japonesa del barrio de los dioses, por una calle angosta y azul. Los ojos se multiplican a mi alrededor y acaricio la vela con el feto entre los dedos como si fuera un amuleto. Siento que estoy cada vez más cerca de la casa de la matrona. Sobre el tejado de una de las casas veo la silueta de un ave que no es de acá. Tiene las patas largas así como el cuello y es blanca con algunas plumas negras. Se parece a una de las grullas que me imaginaba de niño. El ave inclina la cabeza y da dos pasos hacia adelante. La imagino volando en el cielo y se me hace tan bella que siento el impulso de parar y admirarla. Pero sé que tengo que avanzar.
Las casas se amontonan a mi alrededor, como listas para atacar, y noto que el piso bajo mis pies se vuelve cada vez más incierto. Tanto que tengo que cerciorarme de que todavía estoy caminando sobre algo. Arrugo el entrecejo. Mis manos se ven azules, así como mis pies que caminan y las casas que me rodean. Me siento en un mundo sumergido. Estudio el feto que tengo en la mano con cuidado para aferrarme a algo y no ceder a este sentimiento que me inunda de repente. Observo su rostro arrugado dentro de la vela y me pregunto si también terminaré convertido en una vela algún día. O si Sara terminará ahí cuando llegue al Edén. Se me viene a la mente de nuevo el nombre de Sami y no sé por qué se me hace tan apropiado. ¿A qué olerán los sueños de Sara? ¿A magnolia vainilla? ¿A bouquet de rosas? ¿O a higo de oriente? Recuerdo al hombre que descargaba las frutas del camión a las afueras del barrio, cajas y cajas de ellas, y sospecho que no muy lejos de aquí deben estar los árboles y los arbustos eternos que dan vida a las frutas sin semilla, las frutas que nunca perecen. Las huelo y casi que las puedo saborear. Su aroma me marea ligeramente y me embriaga de una forma que no había sentido antes.
Levanto la mirada y veo las tuberías de las casas y las tejas negras de los techos. Escucho una gota de agua caer una y otra vez, pero no distingo en dónde. Las casas están apagadas, parecen deshabitadas, pero llenas de presencias. La cabeza empieza a darme vueltas. Me entran unas ganas repentinas de llorar o de caer de rodillas en medio de la calle y vomitar. Siento un cosquilleo en una mejilla y veo que no avanzo, que camino en un punto fijo en un gran plano cartesiano. Quiero cerrar los ojos y suplicarle a la matrona que me ayude, que me dé fuerzas para seguir. No sé para dónde voy. Ya no distingo qué es calle ni qué es casa, qué es cielo y qué no. Aprieto la vela en mi mano y respiro profundo. Espero que la sensación pase.
Cuando abro los ojos de nuevo, estoy delante de una puerta. Es una puerta corrediza, hecha de papel y con el marco de madera. Es tan delicada que podría atravesarla con la uña de un dedo. No sé cómo llegué aquí ni de dónde salió la puerta. Hay una luz amarilla detrás y no hay más casas a mi alrededor. Sólo veo una flor de bambú en un florero de cristal lleno de piedras y un número 36 tallado sobre una placa de madera. Todo lo demás se volvió silencio.
Veo también la sombra de alguien moverse al otro lado de la puerta. Mi malestar desaparece así como cualquier otra sensación reconocible. Me siento ligero como una hoja, tan liviano que siento que podría flotar en el aire si me impulso con los brazos. Ningún pensamiento atraviesa mi mente y me dan ganas de reír cuando soy consciente de ese pensamiento. Llevo la vela aromática en las manos como si fuera una ofrenda. No sé por qué pero se siente correcto. Su aroma es suave y ligeramente cítrico. La silueta se mueve como si se hubiese percatado de mi presencia. Se yergue y se hace más grande a medida que se acerca a la puerta. Pero no me siento intimidado por ella. Noto un tintineo metálico y una mano que se estira para abrirla. Es una mano larga y cubierta de pulseras y anillos. Extiendo las mías y ofrendo la vela. La mano la recibe y desaparece.
Espero. Escucho un murmullo como una cascada de perlas cayendo sobre un recipiente de cristal. La luz dorada que atraviesa la abertura de la puerta me ilumina como un sol por lo que tengo que cubrirme la mirada con el antebrazo. La mano vuelve a aparecer al cabo de un momento. Abro las mías y recibo el objeto que me entrega. Es algo elástico como un caucho pero que palpita también. Es pesado y carnoso. Es jugoso y geométrico. Parece un corazón u otro órgano que no reconozco bien. Tiene el tamaño de un mango y es azul como una fruta. La luz frente a mí desaparece y, antes de que la puerta se cierre del todo de nuevo, hundo mi boca en las manos para comérmelo.