1. Cliormina
Cuando la salamandra de sílex terminó de hablar, sus ojos de lava se apagaron y volvió a hundirse en la arena. Algunas de las escamas de su parte superior asomaban aún, aquí y allá, como si no formaran parte de un mismo cuerpo vivo, como si no fueran más que unas cuantas piedras dispuestas al azar.
Solo había pronunciado una decena de palabras. Murmullos inconexos, sin demasiado sentido, como un puñado de piezas arrojadas al suelo.
Cliormina, frustrada, hundió los dedos en la arena del santuario hasta que una descarga eléctrica la obligó a sacarlos. En un instante se habían quedado enrojecidos y mustios.
Cerró los ojos, se tranquilizó para concentrarse, dio una orden mental a su boca para hacer que su saliva cambiara de color, adquiriendo propiedades curativas, y se lamió las falanges para sanarlas. Estaba furiosa, pero no dispuesta a permitir que esa emoción se trasluciera en su voz.
-¿Eso es todo lo que vas a decir? No dejas de repetirte. Me aburres.
La arena borboteó, lentamente burlona, una última vez.
La hechicera se puso de pie con dificultad después de llevar demasiado tiempo arrodillada. Había esperado durante horas a que la salamandra, su mentora, se decidiera a emerger a la superficie para concederle una perla de sabiduría, que había resultado ser exactamente la misma decepción que tantas otras veces. Y a Cliormina no le gustaba esperar, y mucho menos, ser decepcionada.
Cliormina había conocido a la salamandra hacía ya siglos, cuando era poco más que una niña. Estaba jugando en la playa, y las piedras y conchas que tenía cerca se agruparon hasta adquirir la forma de un gigantesco lagarto que se movía lentamente. Tenía una mirada penetrante. Desapareció como había llegado, y Cliormina esperó y esperó a que regresara, sin que esto sucediera, clavando los ojos en la arena hasta que le dolieron, sin estar segura de haber imaginado ese movimiento y esa mirada.
El segundo día la salamandra no apareció, ni el tercero, ni el cuarto. Pero la niña regresaba una y otra vez, aferrándose a los juncos hasta destrozarlos para dominar su impaciencia y su frustración.
Dos semanas más tarde, la arena ordenó de nuevo sus piedras de manera desconcertante, y una boca de sílex empezó a hablarle de energía, de posibilidades, de magia. Ella no fue capaz ni de pestañear. Para asegurarse de que no estaba soñando, se hizo heridas en las manos. Si todo aquello nunca sucedió, las marcas no seguirían allí a la mañana siguiente.
Pero despertó con las heridas abiertas, y al mirarlas, se dio cuenta de que ninguna otra cosa en el mundo había conseguido hacerla más feliz. La magia era real. Existía algo más que los cacharros de cocina de su madre, las largas caminatas hasta la fuente y recoger los excrementos de las cabras para arar con ellos el campo. El mundo estaba abierto y era infinito.
Tuvieron que pasar más de dos meses para volver a verla. Y en esos dos meses, las heridas nunca se cerraron. Pero no le importaba esperar: la salamandra la había prometido enseñarle su primer hechizo. Cuando por fin apareció, le explicó que el hechizo requería a cambio la vida de uno de los animales de la granja, precisamente su cabra preferida. Pero Cliormina ya era ambiciosa, y decidió hacer caso a la salamandra, fascinada por sus ojos de lava en movimiento. Cuando el ser de piedra aparecía, el aire se cargaba de una intensidad sin igual.
Siguiendo estrictamente las instrucciones de la salamandra, extrajo la vida de la cabra y sus heridas se sanaron. Después aprendió que si no hubiera llorado al matar el hechizo habría sido mucho más potente. Así que consiguió, tras largos años de práctica, no amar nunca a nadie. Se introdujo una araña en la garganta, entrenada para construir una pegajosa tela en ella cada vez que estuviera tentada de pronunciar palabras de cariño sincero. Se apartó de todas las tentaciones que el azar había dispuesto frente a ella como trampas de miel. Convirtió la sangre y los huesos de sus amigos en ingredientes para pociones.
Sacrificó a todos los animales, torturó sus dos hermanas pequeñas, abandonó en un páramo a su inútil padre con su estúpida barba, cortándole los pies para que no pudiera seguirla, y devoró la carne de su madre. Y gracias a que todo su poder se había quedado dentro de ella, sin que se desperdiciara ni una gota entregándosela a otros, se concentró sobre si misma hasta multiplicarse, como una luciérnaga en una cámara de espejos.
Salió de su ensoñación. Los recuerdos no aumentaban sus poderes, y por ese motivo llevaba años evitándolos. Chasqueó los dedos para que el oso viniera a buscarla. Estaba furiosa con aquel maldito lagarto de piedra, pero sobre todo consigo misma: ¿qué objeto tenía que siguiera viniendo a mendigar sus palabras? Estaba segura de haber superado a su mentora. Ya era más sabia y más poderosa, en aspectos y modos que aquel ser de piedra nunca podría soñar… si es que la piedra, aunque hable, es capaz del don del sueño.
El oso apareció, tirando del suntuoso carro de tiro en el que le gustaba viajar a Cliormina. Tenía un toldo de cintas de raso sostenidas por columnas de cedro talladas en helicoide, y un gran abanico de alas de saltamontes que se agitaba mágicamente cada vez que ella tenía calor.
Regresó a su castillo. En un par de ocasiones, el oso le pidió permiso para detenerse y aliviar su vientre, pero ella no se lo permitió. Y le castigó con el látigo de púas cuando el animal se orinó encima mientras seguía caminando.
Cliormina estaba hastiada de su propia vida. Su ira contra la salamandra quizá no fuera más que la máscara de una decepción más profunda consigo misma.
Vivía sola, con cinco criados a los que nunca dirigía la palabra. El enorme oso pardo que tiraba del carro de tiro, también se dedicaba a pescar y cazar para ella. Una avestruz y una cabra eran sus cocineras, y Cliormina se aseguraba de que siempre fuera la avestruz la que le preparara los huevos y la cabra la que ahogara los cachorrillos crudos en su propia leche. Utilizaba como mensajera a una serpiente de dos cabezas, y un pelícano negro recorría el mundo buscando los más raros ingredientes para las pociones de la hechicera, guardándolos en el pico mientras volaba.
Llegaron al castillo. Era una compleja agrupación de torres cilíndricas entrelazadas, con tantas escaleras de caracol que habría resultado imposible orientarse en su interior sin las lagartijas de guía. Solo ellas comprendían aquella intrincada arquitectura, creada por el poder pétreo de la salamandra.
Cliormina llegó hasta sus aposentos y se dejó caer en la cama de plumón. Tenía forma oval, y estaba cubierta por catorce sábanas de seda superpuestas y por innumerables cojines, tan pequeños que parecían alfileteros. En la pared se desplegaba un hermoso fresco con la imagen de un pelícano hiriendo su propio vientre, bebiendo su propia sangre.
Cerró los ojos, y sintió una oleada de odio hacia sus catorce sábanas, su cama de plumón y su dosel de gasa, las paredes pintadas con los más hermosos dibujos, sus vidrieras de alabastro, el castillo lleno de lámparas de gemas, y sus torres en las que se custodiaban sus pociones, sus libros escritos a mano, sus poderosos objetos. Todo su cuerpo tembló de odio. Había dominado la magia. Y no le había servido para nada.
Tuvo la certeza de que ya estaba más allá de los consejos del ser de piedra. Ya no tenía direcciones en las que expandir su poder, puesto que este apenas tenía límites. Podía doblegar los relámpagos, reconducir los ríos subterráneos, dar órdenes a todos los seres vivos, desde las hormigas hasta las águilas, sin que estos se dieran cuenta de que estaban siendo manejados. Conocía el poder de todos los materiales y sus combinaciones. Había engañado al tiempo, luciendo un cuerpo y un rostro tan jóvenes como las uvas recién brotadas. El espacio tampoco tenía secretos para ella: era capaz de volar, transformando sus dedos en gigantescas membranas de murciélago, y de transportarse instantáneamente de un lugar a otro. Podía volverse invisible, cambiar de aspecto, plegar sus tejidos hasta volverse tan pequeña como un ratón de campo. Le daba la impresión de que si se propusiera destruir a la mismísima salamandra seguramente lo conseguiría.
Y no le había servido para nada. No se sentía más completa, ni más feliz. El poder no la hacía sentirse más poderosa. No tenía a nadie con quien compararse.
Se mordió el labio. Una idea había estado acariciando su cabeza durante los últimos trece o catorce años. Quizá, ya que había decidido no seguir sometiéndose a la salamandra, había llegado el momento de hacerla realidad.
Durante los siguientes meses estuvo planeando cual era la mejor manera de llevar a cabo su plan. ¿Lo haría con su propio cuerpo, o recurriría a los hechizos? Tras mucho pensarlo, decidió que le repugnaba la idea de hincharse con fluidos y de expulsar un ser sanguinolento, así que prefirió fabricarse un niño. “No para quererlo, por supuesto”, se repetía una y otra vez. “Solo para tener alguien a quien torturar un poquito”.
Así que se recluyó en la más húmeda y oscura de las mazmorras, e imaginó al niño hasta saber cómo sería en el más mínimo detalle, por fuera y por dentro. Lo pensó hasta conocerlo por completo. Hizo su piel amasando pétalos de rosas blancas con rocío y una sola grosella, la última del invierno.
Moldeó su carne masticando con su propia saliva melancólicas esponjas marinas, tiernas raíces de salvia maceradas en lágrimas y jirones de nubes teñidas por el crepúsculo. Quería un niño triste. Trazó las venas con pieles de diminutas serpientes de cascabel, recién salidas del huevo. Inyectó en ellas dulce jugo de amapolas y de cerezas negras.
Construyó el cerebro con la arena blanca de un reloj, para que el niño siempre tuviera miedo del paso del tiempo, e introdujo en ella gusanos traídos del cementerio, para que el niño siempre tuviera miedo de la muerte. Después añadió las vísceras más blandas, aún palpitantes, de ocho hermosos cachorros de galgo, para que el niño tuviera la necesidad imperiosa de una madre.
Puso en el lugar del corazón del niño una rueda, y dentro de la rueda un ratoncillo de oro que nunca se cansaría de correr hasta que ella se lo ordenara.
Le dio una lengua con la que disfrutar y unos oídos con los que sufrir. Le concedió la hermosura del rostro, pero le negó la libertad de un cuerpo sano y fuerte.
Colocó, en el lugar de los ojos, dos botellitas redondas. Una estaba llena de mercurio, que refleja las cosas como un espejo, para que el niño viera a la gente tal y como se ven ellos mismos. La otra estaba llena de vino de endrinas, para que el niño nunca pudiera hacer otra cosa que dejarse llevar por sus propias emociones.
Por último, instaló una cerradura en la frente inmaculada de la criatura.
Era tan hermoso que dolía.
Lo llamó Céfiro.
Y entonces le dio permiso para vivir.
2. Céfiro
Lo primero que vio Céfiro al abrir lo ojos, fue una mujer hermosísima que le sonreía.
-¡Funciona! –dijo la mujer, dando palmadas de alegría.
Céfiro sonrió al verla tan contenta. Pero cuando ella vio que el niño sabía sonreír, su propia expresión se endureció de repente.
-¿Eres mi madre? –preguntó el niño.
-Depende. Solo seré tu madre cuando eso te haga sufrir.
Céfiro, confuso, no supo qué entender.
-¿Me cantarás canciones? ¿Me contarás cuentos? –preguntó, con la voz palpitante de ilusión.
-Eso te gustaría mucho, ¿verdad? –preguntó Cliormina, observando cada sutil reacción del niño.
Él asintió, sonriendo.
-Me encantaría contarte cuentos, cariño. Hablarte de los cuatro confines del mundo, las maravillas que en ellos se encuentran, y explicarte cómo son los palacios, las plantas y los animales de los países que nunca conocerás. También podría utilizar mi voz y mi arpa para darte una música capaz de hacer crecer tu corazón…-valoró ella, casi soñadora.
A Céfiro le reverdecieron los ojos de esperanza. Ella sacudió la cabeza.
-Pero no has nacido para ser feliz –le dijo ella, dulcemente.
El niño quedó sumido en un profundo desconcierto.
Tras pronunciar estas palabras, Cliormina agarró al niño por la cabeza, se la retorció dolorosamente, y vertió en su oído derecho tres gotas de diferentes colores: una dorada, una que tenía una mitad azul y otra roja, y una tercera completamente negra. Para sorpresa de la hechicera, sus propios ojos dejaros escapar una lágrima, la primera que derramaba en décadas, que se infiltró también en el oído del niño artificial.
Céfiro sintió que la cabeza se le partía. La primera gota había sido ardiente como plomo fundido, la segunda se movía dentro de su cerebro como un renacuajo maligno, y la tercera parecía estar hecha de espinas líquidas. Solo la cuarta le había causado cierto alivio.
¿Era aquello el dolor? Sin saber que hacer, o mejor dicho, sin ser capaz de hacer ninguna otra cosa, el niño empezó a llorar en silencio. Pero como en realidad no era un niño, de los ojos no le brotó un líquido salado, sino una pequeña burbuja, de un espeso humo blanco, que ascendió hacia el cielo. Al estallar, se convirtió en una diminuta mariposa.
Céfiro, algo aliviado, se puso a jugar con la mariposa blanca. Era su primera amiga. Quiso que se posara en sus dedos y la mariposa le obedeció. Después le dio un beso en la nariz.
La hechicera observó la empatía del niño con el animalito y sintió celos. Abrió la ventana y utilizó el poder de su mente para crear un pequeño tornado que expulsó al insecto.
Céfiro, sorprendido por aquella crueldad, volvió a echarse a llorar. Pero esta vez sus lágrimas no fueron blancas, del color puro de la inocencia, sino del amargo morado de la tristeza. Y también se convirtieron en mariposas. Solo que ninguna de ellas quiso acercarse al niño, y cuando él intentó jugar con ellas, no hacían sino morderle los dedos.
La decepción hizo que el dolor en el interior de la cabeza del niño se redoblara, restallando como un látigo de ortigas. Y Céfiro lloró y lloró centenares de aquellas terribles mariposas violetas.
Cliormina se felicitó a sí misma por las lágrimas del niño. Eran hermosísimas, lo cual era bastante importante para ella. Iban a ser muy frecuentes. No quería hacer sufrir a algo cuya tristeza no fuera bella.
El dolor de Céfiro fue creciendo hasta hacerse insoportable. Sentía la cabeza picoteada desde dentro por un enjambre de tábanos, por un torbellino de sanguijuelas, por una lluvia de alfileres envenenados.
-¿Te duele mucho, pequeño? –preguntó la hechicera.
El niño, con un dolor tan agudo que pensaba que iba a desmayarse, asintió suavemente con la cabeza. Las mariposas aletearon al compás de su cabeza.
-Entonces serán una maravilla –dijo Cliormina.
El dolor no cesó en toda la noche. Cliormina podría haberle dado una poción para que no tuviera que sufrir, pero aquel alivio habría influido en el resultado. No solo eso: ver llorar a aquel niño le resulta fascinante. Era lo único que había conseguido remover algo en sus entrañas desde hacía mucho, mucho tiempo. Se quedó toda la noche junto a él, velando su sufrimiento y alimentándose de él, negando al niño incluso el consuelo de darle la mano.
Casi al alba, el niño consiguió dormir un par de horas. Lo despertó un ahogamiento súbito, una enorme dificultad para respirar. Al borde de la asfixia, se volvió hacia ella para pedir ayuda a la única persona que conocía.
Cliormina, alegre, cogió unas enormes tenazas de plata y las acercó a Cefiro. Este, obediente a pesar de su temor, se dejó hacer.
La hechicera sacó de la garganta del niño, uno tras otro, tres resplandecientes huevos ensangrentados. Los depositó sobre una pequeña mesa redonda de mármol.
-Deja de sangrar –le ordenó al niño.
Este, ansioso por complacerla, hizo lo que pudo para concentrarse, tranquilizar el ritmo desenfrenado de su corazón. Consiguió contraer el flujo de su sangre y detener la hemorragia.
Ella golpeó una de sus uñas contra otra. El sonido que produjo se parecía al de una campana de plata. En menos de lo que se tarda en pensarlo, una bandada de hermosísimos colibríes bajó del cielo y se dispuso a devorar la cáscara multicolor de aquellos huevos. Céfiro no sabía que los colibríes no deberían tener dientes, así que no se asustó al verlos, ni encontró nada raro en aquellas pequeñas criaturas. Sin embargo, se dio cuenta de que con cada bocado que tomaban se volvían más hermosos.
Cuando terminaron de mordisquear con avidez la cáscara de los huevos, Cliormina los espantó de un manotazo. Sobre la mesa de mármol había tres llaves: una dorada, una negra, y otra en la que el rojo y el azul se entremezclaban como si se tratara de venas y arterias.
-Cada una de estas llaves, pequeño Céfiro, me permitirá abrir una parte de ti. Con la dorada sabré lo que sueñas. Con la de sangre podré influir en tu cuerpo, incluso en sus partes más profundas y secretas. Y con la negra… bueno, eso ya lo verás.
Cliormina sonrió, y Céfiro hizo lo mismo. Fue castigado por ello.
3. Las tres llaves
¡Cuánto se divirtió Cliormina con Céfiro! Podía causarle dolor de tantas maneras diferentes que cada día era un desafío para la creatividad de la hechicera. A veces se proponía herirle con indiferencia, y pasaba todo el día sin mirar siquiera al niño, que la seguía a todas partes, esperando una gesto cualquiera. A veces utilizaba la llave roja y azul para causarle terribles dolores en el vientre o en los oídos, o para invocar un picor imposible de calmar. Se retorcía de risa viendo al pequeño tratando de rascarse inútilmente, hasta que no le quedaba más remedio que frotarse contra las zarzamoras y acabar lleno de diminutas, pero profundas, heridas negras.
Dejó pasar semanas hasta darle de beber. El niño, sin saber que aquella sensación opresiva e insoportable era la sed, no sabía cómo aliviarla. Cuando por fin le dio una gota de líquido, fue vinagre con sal.
Cliormina obligaba al niño a comer carpas doradas aún vivas, tiernos patitos recién salidos del huevo, ostras de lago que chillaban al traspasarlas con el tenedor. El sabor de cualquier plato, para Céfiro, se mezclaba inevitablemente con el de sus lágrimas.
Céfiro no era capaz de no querer a Cliormina, pues había sido hecho para sentir, y ella era el único ser humano que conocía. Sentía mucho miedo del tiempo, de la muerte, y necesitaba desesperadamente una madre.
-En cualquier momento me aburriré de ti y le diré al ratón que tienes en el pecho que deje de dar vueltas en su rueda –decía ella.
Céfiro la miraba, sonriendo. Y era castigado por ello.
Ella lo vestía con ropas hermosas, pero que estaban tejidas con lino mezclado con fibras de escaramujo. Sabía que al niño le causaban un picor constante, pero este nunca se quejaba, limitándose a frotarse a escondidas contra el respaldo de la silla.
A veces dejaba caer orugas urticantes entre sus ropas y su finísima piel. En una ocasión permitió que el niño conociera la sensación de alivio que un bálsamo curativo de almendras y jazmín proporcionaba al escozor de su piel, pero a continuación lo arrojó a un lago, y le divirtió contemplar la mirada sorprendida y angustiada de Céfiro.
Entonces sucedió algo inesperado.
Una noche, después de que ella le contara un cuento (una de sus terribles historias acerca de madres ciervo perseguidas por los cazadores y devoradas por el fuego, de madres elefante prisioneras en jaulas de terribles circos… siempre hijos perdidos, cachorros tristes y abandonados), Céfiro besó a Cliormina.
Ella se sobresaltó. El pequeño nunca había visto un beso. ¿Cómo había conseguido averiguar que aquel estúpido gesto era lo que la gente vulgar hacía para expresar afecto?
Cliormina permaneció pensativa durante días. Aquel beso había despertado en ella recuerdos que le había costado décadas desterrar de su mente. Creía que los había erradicado por completo… recuerdos de una granja, un par de ovejas y su madre rodeada de pucheros. Y sin embargo no, bastaba algo tan imperceptible como un roce de labios para que todos los besos del pasado volvieran a salir a la superficie de su consciencia, resplandeciendo como lotos que florecen en un estanque.
Aquel niño estaba hecho para sufrir. Ella no había hecho otra cosa que causarle dolor de todas las maneras posibles. Había aplicado toda su creatividad, su talento, e incluso parte de su poder (ese poder sagrado que no se debía compartir jamás con nadie) a las torturas cotidianas a las que sometía a Céfiro. Y sin embargo, él la quería.
La hechicera no quería darse cuenta de que había estado dedicando a aquella criatura casi todas sus horas de vigilia. Pero Céfiro sí que se daba cuenta de que ella podría haberlo ignorado, abandonarlo en un rincón sin hablarle ni mirarlo nunca. Por eso, de algún modo, sabía que a ella le importaba.
Cliormina empezó a engañarse a sí misma. Se decía que solo conservaba a Céfiro a su lado para distraerse, sin embargo, lo cierto era que algo había empezado a templarse en su interior. Su corazón, que había estado seco como una ciruela pasa, estaba empezando a esponjarse gracias a la ternura del niño artificial. No quería darse cuenta de que ya no disfrutaba viendo sufrir a céfiro. Cuando abría sus sueños con la llave dorada, y veía en ellos su propia imagen, reverenciada como si se tratara de una diosa, sentía una felicidad tan extraña… una sensación tan olvidada… Ella apenas se daba cuenta, pero la dura araña que tenía en el pecho había dejado de agitar frenéticamente sus patas.
La hechicera guardó la llave dorada y la llave azul y roja en una caja de terciopelo, pero, con las manos temblorosas, arrojó al pozo la peligrosa llave negra.
Céfiro soñaba con Cliormina paseando por enormes jardines de amapolas blancas, por hermosos cementerios llenos de jirafas y ornitorrincos de piedra, por espléndidos valles nevados. Soñaba con que ella recogía bayas translúcidas de arbustos llenos de espinas, que las luciérnagas apartaban para que ella no se hiriera los dedos. Soñaba que Cliormina volaba, suspendida plácidamente entre las nubes heridas de sangre por el crepúsculo.
Y los días siguieron pasando. El oso, la avestruz, la cabra y el pelícano le tomaron simpatía al niño, y hablaban con él cuando creían que la hechicera no miraba. Ignoraban que ella tenía ojos en cada pequeño espejo, en cada ventana, en cada copa de cristal.
Mientras Cliormina observaba a Céfiro, alguien hacia lo mismo con ella.
4. La salamandra de sílex
La salamandra de sílex había brotado de la arena. Su lenta curiosidad de piedra se despertó ante la prolongada ausencia de visitas de su discípula. Con imperceptibles movimientos, se arrastró hasta el castillo que había construido para ella.
Nadie la sintió llegar. Enmascaró su aspecto en la materia misma de la piedra.
Y descubrió que Cliormina se había construido un niño. Sin su permiso. La salamandra se dio cuenta de que la hechicera tenía bastante con aquel niño y ya no necesitaba a su mentora. Había caído en la trampa del cariño.
Un poco de arena se desprendió de la comisura de los labios de la salamandra de piedra cuando esta esbozó un rictus parecido a una sonrisa. Aquel era el momento que había estado esperando. Siempre sucedía, antes o después, con todos sus discípulos: acumulaban mucho poder, pero no eran capaces de mantenerlo. Sus débiles mentes humanas eran contrarias a la idea de permanencia. En esos momentos de crisis, la salamandra solo tenía que hacer lo que siempre había planeado: cobrarse su trabajo. Recoger los frutos maduros de su esfuerzo tan prolongado en el tiempo. Quedarse con la enorme energía acumulada de aquellos que ya no la valoraban. Las cosas llevaban milenios siendo así.
La salamandra, al alba, se fundió con las piedras del castillo de Cliormina, poseyéndolo. Le gustaba incorporarse a los edificios, a pesar de lo agotador que resultaba: la sensación compensaba ampliamente el esfuerzo.
En cuanto la hechicera bajara la guardia un poco más, en cuando se reblandeciera lo suficiente, la poseería también a ella, quedándose con todo. Solo era cuestión de esperar. Y la paciencia es el elemento natural de la salamandra de sílex. Flotan en el tiempo dilatado como las aves del paraíso entre las nubes. Podrían quedarse en ellas, en ello, para siempre.
Una mañana, Cliormina llevó a Céfiro a desayunar al jardín. Le gustaba ver al niño rodeado de buganvillas: el color de las flores lo hacía parecer aún más pálido. Ella misma extendió la mermelada de uvas crespas en el pan del niño, casi sin darse cuenta de la ternura que había en ese gesto.
-¿Qué has soñado hoy? – le preguntó a Céfiro, a pesar de que lo sabía perfectamente.
El niño mostró preocupación en su rostro.
-Esta noche no ha sido como las demás noches.
Estuvo en silencio durante unos segundos, buscando las palabras capaces de describir lo que había visto.
-Mi cama estaba viva. Al tocarla, unos dientes invisibles de ratón se me clavaban en la mano. Yo intentaba dormir, pero las mantas trataban de ahogarme, presionándome el pecho. Y la ventana se reía de mí.
Aquel sueño confirmaba las sospechas de Cliormina. Hacía unos días que sentía el mismo frío en la boca al que estaba acostumbrada en sus visitas a la salamandra. Su presencia era inequívoca. Los estaba espiando.
Cliormina no comprendía por qué.
Pasaron los días, y cada vez hacía más frío en el castillo, como si las piedras fueran imanes negros. Cliormina esperaba, con miedo. Céfiro sabía que algo malo estaba sucediendo, porque los animales estaban impacientes y apenas le miraban, Cliormina temblaba cuando creía que nadie la miraba, e incluso el fuego había cambiado de forma en las chimeneas. Sus llamas ya no dibujaban pétalos de flores, sino cristales de cuarzo.
Sin embargo, a pesar del frío, siguieron pasando los días. Cliormina tenía previsto comportarse como si la salamandra no existiera. Ya no temía su poder. Y ninguna energía es más intensa que convertir al otro en nada. Como si su vida estuviera compuesta de paradojas, la presencia de la salamandra la acercó aún más a Cefiro.
Ya no lo castigaba por sonreír. Le daba vasos de agua cristalina y hacía que la avestruz le preparara crema de calabaza. Y a veces rozaba su blanquísima piel con los dedos.
Una noche, la salamandra sintió un brusco drenaje de su energía y se impacientó ligeramente. Se dio cuenta de que la debilidad causada por el niño en Cliormina, paradójicamente, venía acompañada por una extraña resistencia, por un nuevo tipo de fuerza. Aquel cariño era una enredadera ponzoñosa, y sus escurridizas raíces podrían llegar a ser capaces, con el tiempo, de desplazar o triturar la mismísima roca.
Por primera vez en milenios, el tiempo empezó a dejar de estar a favor del ser de piedra.
Aquella noche, Céfiro soñó que unos enormes dientes de piedra lo trituraban lentamente, machacándolo a conciencia, mezclando sus tendones con las astillas de sus huesos. Soñó que el oso, la serpiente, el pelícano, la avestruz y la cabra lo miraban morir sin hacer nada, con sonrisas llenas de colmillos y los ojos de lava.
Cliormina se despertó de golpe. Tocó la pared de piedra, y comprendió la amenaza. Lo único lo suficientemente preciado, lo único tan valioso como para que la salamandra pudiera quererlo, era Céfiro. Tenía que esconderlo.
Fingió que iban a hacer un viaje para visitar a su mentora, la salamandra de sílex. Preparó lentamente el equipaje necesario, exactamente como habría hecho si estuviera diciendo la verdad. Dl mismo modo en que había sucedió tantísimas veces, encargó al oso que preparara el carro de tiro y al pelícano negro que los acompañara para detectar posibles peligros y molestias. Vistió a Céfiro con una camisa llena de pliegues y lazos y emprendió el viaje.
Hicieron casi la mitad del camino en dirección al santuario de arena. Entonces ella despidió a sus sirvientes y se internó con Céfiro en el páramo de los Silencios.
Caminaron durante horas. Las ramas del espino blanco desgarraron el precioso traje de Céfiro, y la traspasaron hasta infiltrarse en su delicada piel, pero él no se quejó. Nunca había visto a Cliormina tan asustada, y al mismo tiempo, nunca había sentido que le tratara con tanto cariño. Era terriblemente confuso.
Los únicos animales que había en aquel bosque eran enormes orugas blancas, ardillas de humo y pálidos esqueletos de ciervo, que caminaban a la deriva, sin ninguna intención ni destino.
Cuando llegaron a la cueva de los secretos, de donde ninguna palabra puede salir sin ser devorada por los palidocérvidos, Cliormina sacó un pañuelo de seda y apartó ella misma a una gruesa oruga urticante de una roca para que se sentara Céfiro.
El niño agradeció el descanso, comprendió que algo muy grave estaba sucediendo, y miró a su madre con ojos llenos de preguntas.
La hechicera sintió que la araña que habitaba en su garganta se ponía a construir una espesa tela para impedir que hablara. Y, haciendo un gran esfuerzo, introdujo las uñas en su garganta, por primera vez en su vida, y la sacó de allí. La araña trató de huir, pero ella la aplastó contra una roca.
-Céfiro –dijo ella-, se acerca el día de mi muerte. Las fuerzas que me han estado manteniendo todos estos siglos ya no están de mi parte. La única manera de que tú no mueras conmigo es que heredes mi magia. Hay que engañar a la salamandra de sílex. Sin embargo, yo no sé cómo hacer eso. Tendrás que viajar por el mundo hasta encontrar la respuesta.
Cliormina se aclaró la garganta. No le comunicó a su hijo el temor de que la salamandra quisiera matarlo, pero le dijo, con una voz especialmente nítida:
-No puedes regresar al castillo hasta que lo consigas.
5. El vuelo de las lágrimas
Céfiro comprendió que aquello era una despedida, y se echó a llorar. Hacía cierto tiempo que no lloraba, pero sus lágrimas seguían convirtiéndose en mariposas añiles que se echaban a volar en cuanto abandonaban sus ojos.
Cliormina regresó al carro de tiro. Contó a sus sirvientes que se había cansado del niño y que lo había abandonado en el páramo. Completó su peregrinación al santuario de arena, esperó durante días la aparición de la salamandra de sílex, y fingió apenarse terriblemente al no comparecer su mentora. Después volvió a su castillo, sabiendo que allí tendría que enfrentarse al último reto de su vida.
La noche cayó sobre Céfiro inesperadamente. Era la primera vez que no tenía una luz que le protegiera de ella, y aquella oscuridad habitada le daba tanto miedo que no fue capaz de dormir. Siguió el confuso vuelo de las luciérnagas, pensando que podría confiar en aquellos seres luminosos, pero por la mañana descubrió que había estado caminando en círculos. Agotado por haberse pasado la noche caminando, cayó rendido.
Mientras dormía, algunas fieras se acercaron al niño artificial. Lo olisquearon y fruncieron el hocico en una mueca de miedo. Nadie quería probar la carne de aquella criatura maldita.
Céfiro despertó, sobresaltado. Tenía miedo de todos los peligros que se esconden en el páramo. Había soñado con halcones hechos de ceniza que desintegraban todo aquello que rozaban. Si fuera por él, se habría escondido en una cueva y habría languidecido en ella hasta desvanecerse para no tener que enfrentarse a nada. Pero tenía que ayudar a Cliormina.
Como no sabía hacia dónde dirigirse, simplemente puso un pie delante del otro y se dejó llevar por el azar.
Pasó por la ciudad de Cilantra, donde la lluvia es dorada y hace daño a los ojos de los ancianos. Atravesó el pantano de las orquídeas fantasma, y deseó poder llevarle algunas a Cliormina. Vadeó un río completamente compuesto de pequeños escorpiones negros, que estuvieron a punto de devorar sus pies.
Preguntó por lugares donde pudieran encontrarse respuestas, y se le indicó cómo llegar a las Cuevas del Eco Infinito, capaces de convertir el silencio adecuado en la más hermosa de las canciones. Sin embargo, la pregunta de Céfiro se transformó en un estruendo tan atronador que el derrumbamiento estuvo a punto de sepultarle.
Preguntó por seres sabios, por esfinges, por quimeras en cuyos acertijos se encerrara una gran sabiduría. Visitó al sapo blanco de Rastalla, a los nenúfares con ojos de Morsel y al anciano asno de dos cabezas de más allá del páramo de Hueca. Si las respuestas que le dieron encerraban algo que no fuera absurdo, Céfiro no fue capaz de comprenderlo.
No todo fue completamente inútil: la bruja del árbol de Garvle le enseñó cómo curar heridas con líquenes, el ermitaño del soto de Trassego compartió con él un sencillo hechizo de invisibilidad, que servía para esconderse de todos los seres dotados de escamas, y el cordero parlante de Huer le susurró al oído la palabra que mata instantáneamente a todos los osos. Pero ninguna de estas cosas podía ayudar a Cliormina.
Echaba de menos a su madre. Sentía que era injusto haber tenido que separarse de ella precisamente el momento en el que ella empezaba a admitir que quería, exactamente cuando se dio cuenta de que quería tratarlo bien y que al fin podrían ser felices. La nostalgia, el amor y la rabia mezclaban sus colores y le hacían llorar mariposas con frecuencia, bajo la lluvia, en medio de la noche, caminando a solas por polvorientos senderos.
Y un buen día comprendió que sus lágrimas salían siempre volando en la misma dirección.
Ya había recorrido todas las fuentes y espejos mágicos. Ya había hablado con los reyes más poderosos y con los mendigos más inquietantes. Había memorizado todas las respuestas, confiando en que quizá algún día unas palabras encajaran mágicamente con otras hasta cobrar sentido. Había observado el mundo como si tuviera que pintar un interminable cuadro de todo lo visitado al cabo de diez años. Pero aún no se había detenido a mirarse a sí mismo.
¿Dónde irían todas sus lágrimas?
Se propuso seguirlas. Por supuesto, eso significaba llorar con bastante frecuencia. Pero Céfiro ya estaba acostumbrado. Abrazó sus motivos de tristeza como si fueran su única familia.
6. El estilita
El niño caminó durante semanas en pos de sus lágrimas-mariposa. Se alimentaba de pétalos y pequeñas raíces blancas. Lamía la sal de las piedras y se arrodillaba delante de los ríos, deseando cada vez que el rostro que apareciera en ellos no fuera el suyo sino el de su madre. Pero eso nunca sucedió.
Las mariposas se desplazaban más rápidamente que él. Era agotador correr detrás de ellas durante un par de horas y tener que provocarse de nuevo una tristeza profunda para que brotaran otras nuevas.
Al cabo de varias semanas, en las que Céfiro se consumió de tal modo que temió no poder seguir su camino, las mariposas le condujeron hasta un enorme prado lleno de flores azules. En el centro se levantaba una altísima columna de mármol, y en lo alto había un anciano sentado, meditando. Desde abajo se le veía muy pequeño. Tenía el cabello y la barba larguísimos, como si no se los hubiera cortado desde el día de su nacimiento.
Y las mariposas se detuvieron allí.
Céfiro supo que tenía que hablar con él, pero no tenía ningún modo de subir hasta lo alto de la columna. No había escaleras, cuerdas, ni nada parecido, y la superficie de la columna era tan lisa, tan carente de muescas, que hacía imposible cualquier intento de trepar por ella.
Pasó tres días y tres noches al pie de la columna, observando al estilita y esperando a que bajara. Pero el hombre santo no necesitaba descender en ningún momento. De vez en cuando, las abejas depositaban gotas de miel en su lengua. Esa miel y el rocío de la mañana bastaban para mantenerlo con vida.
Al cuarto día, aunque ya no era necesario, se acordó de Cliormina, la echó de menos, y casi sin darse cuenta, se echó a llorar de nuevo. Pero aquellas lágrimas, por primera vez, eran lágrimas de esperanza. Su color no era el mismo.
Las mariposas, verdes como hojas recién brotadas, en lugar de alejarse de él, lo rodearon, mordieron sus ropas con sus diminutas bocas y lo levantaron en el aire, depositándolo en lo alto de la columna, junto al estilita.
Céfiro observó que el sabio no tenía pies.
-Hace mucho tiempo que te espero –dijo el anciano.
Lentamente, el estilita abrió su breviario por una página donde había una mariposa seca, de color blanquísimo contra el ajado papel.
-¿La reconoces? –preguntó el estilita.
Céfiro se acordaba muy bien de ella. Fue la primera lágrima que derramó en su vida.
-Las mariposas me han contado tu historia.
Se hizo otro largo silencio.
-Es una historia muy triste.
Hablaron de muchas cosas. Céfiro pasó días en lo alto de la columna, y aprendió a alimentarse con la miel de las abejas y el rocío de la mañana.
Un día, el estilita dijo:
-La única manera de comprender a un ser de piedra es pensar como él.
Al niño se le quedaron grabadas aquellas palabras. Quizá fueran lo más cercano que tenía a una posible solución para salvar a Cliormina.
Pero entonces se dio cuenta de que quizá también necesitara salvarse él.
Siguieron hablando de esperanza y desesperación, de encuentro y de pérdida, de amor y de muerte.
Y por fin, el hombre sacó de entre sus ropas un envoltorio de hojas de morera atadas con un junco.
Céfiro lo abrió, maravillado, y encontró una llave de piedra a la medida de su frente.
-He estado puliendo esta llave desde que me llegó tu primera lágrima. ¿Sabes para qué sirve?
Céfiro asintió, gravemente. Nada más ver aquel objeto, todas las imágenes de su vida habían pasado ante sus ojos en un instante.
-Hay dos tipos de muerte. La muerte negra, que es fruto de la inquietud y conduce a ella, y la muerte blanca, que procede de la paz y da la paz. Si algún día no eres capaz de seguir soportando tanta tristeza introduce esta llave en tu frente. Tendrás una hora de paz absoluta, y después encontraras las muerte blanca.
El niño dio las gracias al hombre santo, y la emoción lo dominó de tal modo que se echó a llorar. Sus lágrimas verdes volvieron a levantarle en vilo y lo depositaron en el prado de flores azules.
Entonces se dio cuenta de que no sabía hacia dónde caminar para regresar al castillo de Cliormina.
Y también supo que su regreso era más urgente que nunca. Sentía un dolor en el pecho al que era imposible poner nombre.
Entonces sucedieron dos cosas al mismo tiempo: un ratoncito blanco se detuvo frente a él, como si esperarse algo, y sobre la frente de Céfiro cayó sobre uno de los larguísimos cabellos del estilita.
7. El ratón de oro
Céfiro comprendió inmediatamente lo que tenía que hacer. Abrió la caja de su corazón, sacó al pequeño ratón mecánico, e introdujo en la rueda al ratoncito blanco. Un inmenso y doloroso miedo se extendió por su pecho, y por primera vez, comprendió que la muerte era posible.
Después ató el cabello del estilita al ratón dorado y sostuvo en su mano en el otro extremo. El ratón echó a correr rápidamente en dirección al castillo de Cliormina, y Céfiro lo siguió tan bien como pudo.
Cada vez que el ratoncito blanco que sostenía el cuerpo de Céfiro moría, inmediatamente aparecía otro ofreciéndose a sustituirlo. Céfiro no comprendía qué magia le estaba ayudando, pero aceptaba el don de las vidas de los pequeños roedores porque sabía que a Cliormina no le quedaba tiempo.
En pocas semanas, divisó el castillo en lontananza. Liberó al último de los ratones blancos, y volvió a introducir en su pecho su verdadero corazón: el ratón mecánico de oro que la magia de Cliormina había creado solo para él. El miedo a su propia muerte fue sustituido por un pánico, cien veces mayor, a la desaparición de su madre.
Cuando estuvo a las puertas del castillo, se disfrazó de mendigo, cubriendo su frente con una capucha de arpillera, y llamó a las puertas del castillo.
El oso le abrió sin reconocerle. Tenía los ojos de lava.
Céfiro lo mató con la palabra capaz de matar a todos los osos que le había enseñado el cordero parlante de Huer, y después se volvió invisible para los seres con escamas, tal y como había aprendido del ermitaño del soto de Trassego.
Subió las escaleras, expectante y temeroso. Cuanto más ascendía, el eco de la voz de la salamandra se iba haciendo más y más nítido y siniestro. La serpiente de dos cabezas, poseída por la salamandra como todos los sirvientes de Cliormina, estaba haciendo guardia frente a la habitación de la hechicera, pero no fue capaz de ver a Céfiro.
Este asomó un ojo por la puerta entreabierta.
Cliormina estaba en su lecho, moribunda. Su cuerpo se había encogido, arrugado y secado. Ya no tenía cabello, ni cejas o pestañas, y de su boca brotaba una viscosa sustancia amarillenta.
A su lado, la salamandra hurgaba en su frente.
El ser de piedra había instalado una cerradura en la frente de la hechicera. Con la llave dorada espiaba sus sueños, y con la llave de venas y arterias torturaba su cuerpo.
Pero Céfiro supo que Cliormina no había hablado, porque seguía con vida. Ni siquiera en sueños había desvelado qué había hecho con la llave negra. Si la salamandra la encontrara, y acabara así con la vida de la hechicera, le robaría todo su poder al matarla.
La salamandra estaba tan concentrada en extraer la energía de la hechicera que no percibió la presencia del niño.
Céfiro se alejó de la puerta, asustado por lo que había visto. El solo era un niño artificial. No tenía ninguna manera de vencer a un ser tan poderoso.
Sintió una opresión en el pecho, un intenso dolor en la frente, y deseó poder llorar. Pero si lo hacía, las mariposas delatarían su presencia a la salamandra. Así que se abrazó a si mismo y trato de tranquilizarse.
Pero no lo consiguió, y una diminuta lágrima brotó de su ojo. Trató de atrapar la burbuja de humo, pero esta se convirtió enseguida en la mariposa más pequeña que Céfiro hubiera visto nunca. Era de color negro.
Y la mariposa voló hasta el bolsillo del niño, donde este estaba guardando la llave blanca. Y desapareció.
Céfiro examinó la llave blanca.
Y recordó las palabras del estilita:
“La única manera de comprender a un ser de piedra es pensar como él”
Y Céfiro se presionó los ojos con los dedos para pensar. No movió ni un músculo hasta que tuvo una idea.
Regresó hasta la entrada, donde el cadáver del oso flotaba en medio de un charco de sangre negra. Entonces el niño sacó la llave blanca que le había dado el estilita, y la empapó en esa espesa sangre, tan parecida a la brea, para teñirla.
Usando las garras del oso inerte, se hizo varios desgarrones en la ropa y en la piel. Pronunció al revés las palabras que le protegían de ser visto por los seres con escamas.
Se acurrucó entre los brazos del cadáver, dio un tremendo grito que simulaba agonía, y pidió al ratón de su pecho que dejara de correr durante unos minutos.
Céfiro dejó de respirar.
La serpiente descendió las escaleras como un vaso de veneno que se derrama, descubrió los dos cadáveres y volvió a subir rápidamente para avisar a la salamandra de sílex.
Esta se fundió con el castillo para aparecer entre las piedras removidas del suelo de la entrada. Y observó atentamente la escena. Pensó que el oso y Céfiro se habían matado mutuamente.
Entonces vio, entre los pálidos dedos del niño, la llave negra. Y de sus entrañas brotó un hueco gemido de triunfo.
Respiró hondo, y se materializó de nuevo en la cámara de Cliormina. No veía la hora de acabar de una vez por todas con su antigua discípula.
8. La llave blanca
Las dos cocineras de Cliormina, la avestruz y la cabra, se acercaron al oso con ardientes ojos de lava, en los que palpitaba la gula.
-Lo asaremos a fuego lento para que se churrusque en su propia grasa- dijo la avestruz.
-¿No será mejor freírlo en aceite de romero? La carne quedará más tierna –replicó la cabra.
-Siempre has estado un poco enamorada de él, ¿verdad? –prosiguió la avestruz, socarrona.
-Precisamente por eso sabrá delicioso –babeó la cabra.
Mientras las dos tiraban del cuerpo del oso, el cuerpo de Céfiro cayó hasta el suelo.
-¿Y qué hacemos con el juguete? –preguntó la cabra.
-Yo no me como eso… qué asco. Déjalo ahí tirado, ya se lo llevará el pelícano.
En ese preciso momento, el ratón mecánico volvió a ponerse en marcha, y el corazón de Céfiro volvió a latir. El niño abrió los ojos, asustando a las cocineras.
Simultáneamente, en otro lugar del castillo, la salamandra de sílex introdujo la llave blanca, creyendo que era la negra, en la frente de Cliormina.
Y esta recobró toda su energía. Una paz inusitada invadió su mente y su cuerpo. Su piel empezó a desprender una electricidad luminosa.
La salamandra, aterrada, dio un torpe paso atrás.
Y Cliormina la disolvió en la nada con solo pensarlo.
La salamandra se deshizo en finísimos granos de arena con un terrible estertor de rabia que resonó en cada una de las paredes del intrincado palacio.
Y, por fin, la piedra descansó.
En el piso de abajo, Céfiro fue testigo de cómo los ojos de la avestruz y de la cabra recuperaban su color habitual. Ambas se detuvieron, muy sorprendidas, contemplaron al oso del que estaban tirando, y comprendieron que había muerto. La cabra se echó a llorar.
La avestruz palmeó la espalda de su amiga y trató de consolarla.
-Sé de un sitio muy bonito donde podemos enterrarlo. Justo debajo de una colmena.
Céfiro se puso a caminar rápidamente hacia el lecho de Cliormina. Mientras subía las escaleras, se dio cuenta de que allí ya no hacía tanto frío, y que las piedras del castillo ya no emanaban ninguna oscuridad magnética. Supo que su madre había vencido a la salamandra.
El niño artificial encontró a su madre agotada por el esfuerzo. Su cuerpo había envejecido otros treinta años. Al lado de su cama había un lago de arena tan fina como la que está en el interior de los relojes.
-Céfiro… me alegro mucho de verte.
Él sonrió, pero el ratón de su pecho galopaba frenéticamente. Sabía que a su madre solo le quedaba una hora de vida.
-Destruí la llave negra cuando empecé a quererte –le dijo ella- Cuéntame de dónde has sacado esta otra llave…
Céfiro se sentó en su cama, le cogió la mano y le contó todas sus aventuras. Cliormina lloró al comprender que el niño había hecho todo aquello solo por ella, y volvió a llorar cuando supo que el estilita no era otro que su propio padre, a quien ella había abandonado y mutilado cuando era tan solo una niña. Y supo que la llave blanca nunca había estado destinada a Céfiro, sino a ella.
-Voy a morir, mi niño –dijo la hechicera, respirando trabajosamente- Quiero entregarte mis poderes.
-¿No puedes llevártelos allá donde vayas? –preguntó el niño.
Cliormina negó con la cabeza.
-¿Y no puedes utilizarla para vivir un poco más?
Ella sonrió, y volvió a decir que no.
-¿Y para llevarme contigo?
Cliormina lo miró fijamente.
-Has viajado por el mundo. Ahora conoces toda su riqueza y su alegría. ¿Estás seguro de que quieres venir conmigo?
Céfiro asintió con ansiedad, sin dudar ni un instante. Veía que a su madre le quedaban pocos minutos de vida.
-Siempre te he querido más que al mismísimo mundo –le dijo.
Entonces Cliormina lloró. Y sus lágrimas arrastraron tanto dolor que dejaron un recorrido de ácido en todo aquello que tocaron al caer.
Desprendió la placa que había construido tantos años antes en su propio torso. Hacía mucho tiempo que había sustituido su corazón ennegrecido por una araña dorada. Abrazó a Céfiro, le besó por primera vez en la vida de ambos, y le abrió el pecho, liberando al ratón mecánico.
La araña empezó a tejer un hilo blanco y finísimo, que envolvió juntos el cuerpo de la sequísima anciana y del hermoso niño, atrapándolos y protegiéndolos por tantas capas de fibra que cuando la avestruz subió a llevar un caldo de verdura, encontró un envoltorio blanco sobre la cama, muy parecido a un gusano de seda.
Sobre la mesilla de noche, la araña mecánica introdujo sus patas como agujas en las ranuras del ratón de engranajes, y ambos encajaron de manera perfecta. El reloj recién formado empezó a latir.