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Tres personas comparten la misma cama sin conocerse. Para esta historia cada una de ellas existe solo ocho horas al día. La Srta. A entre la medianoche y las ocho de la mañana. El Sr. B de ocho a dieciséis. Y la Srta. C a partir de las cuatro de la tarde hasta la medianoche.

La raíz del asunto es un anuncio clasificado sobre una habitación en alquiler, y tres viajeros solitarios leyendo el aviso en diferentes terminales de ómnibus. Tres vidas se unen en la página treinta y nueve del periódico dominical, y habrán de perderse juntas bajo el dintel grecorromano de una pieza arrendada.

La habitación en cuestión se encuentra en el tercer piso de un edificio roído por la humedad en la bahía de Asunción. La pintura negra descamada ensombrece aún más el luctuoso aspecto del antiguo depósito ubicado en una esquina. De estilo neoclásico, remodelado por primera vez medio siglo después de haber sido alcanzado por un bombardeo durante la ocupación de las tropas brasileñas en 1869, y por segunda vez, tres décadas más tarde, al convertirse en almacén. Aun restaurado antiestéticamente, siempre impuso cierto respeto. Desde hace unos años que las ventanas de los pisos inferiores se encuentran clausuradas con tablas de madera clavadas desde el interior. Los ventanales superiores, ribeteados con pernos de hierro, aunque habilitados, casi nunca permanecen abiertos.

Cuando la Srta. C llegó, estaba abierta una ventana en el tercer piso, a través de la cual—en un futuro muy cercano—habría de ocurrir el primer encuentro visual entre dos inquilinos, y aun sin pronosticar las consecuencias, al ver la ventana sintió el mismo escalofrío que habría de sentir esa noche. Si no hubiese sido por el dinero que se ahorraba alquilando la habitación por solo un tercio del día, jamás se habría hospedado en ese lugar.

Como la vida personal de la Srta. A transcurría solamente entre la medianoche y las ocho de la mañana, se acostumbró en un par de madrugadas a moverse a ciegas por la pequeña habitación. Y aún más pronto, se obsesionó con algunos objetos que inspeccionaba a la luz de una vela. Principalmente, con un lápiz labial que encontró en un cajón y conservaba todavía la marca de las estrías de un labio sobre la cremosa superficie. Cualquier cosa que fuera indicio de vida humana la hacía delirar de felicidad. A trescientos kilómetros de su gente, ocupada por el trabajo y los estudios, toda su vida social se limitaba a la sombría amistad de la habitación y a lo que hallara en ella; a veces, una huella de zapato alumbrada avaramente por un titilante bombillo flojo, o un rulo enroscado por la rejilla del desaguadero de la tina. Pero el contacto más humano que tenía, se lo debía a la espuma del colchón, que conservaba, aunque por poco tiempo, el calor de la persona que había ocupado la cama antes que ella.

Algo similar ocurría con el Sr. B, la diferencia era que su soledad se manifestaba a plena luz del día, y por lo tanto la habitación a él se le hacía más grande, como la cabina de un buque antiguo anclado en el astillero de los vencidos. El ropero colonial de tres compartimientos, la mesa coja que servía de tocador, y la cama pálida no hacían compañía. Pero sí la sensación de percibir que alguien abría y cerraba esos compartimientos mientras él no estaba, o lo que representaba el cambio de ubicación de los objetos sobre el tocador cada mañana, y lo que sugería la cama caliente que lo envolvía antes de dormir.

Sin embargo, la Srta. C estuvo siempre acostumbrada al aislamiento, a los malos ratos y a los amores no correspondidos. No era para sorprenderse que se convirtiera tan pronto en el primer eslabón de un oscuro triángulo amoroso. La primera vez que vio la cama hundida en el centro, y palpó el calor de las sábanas, simplemente convirtió un objeto de curiosidad en una compleja relación humana. Su naturaleza le decía que se alejara de las relaciones afectuosas. Sin embargo, su naturaleza manejaba conceptos muy ambiguos para algunos términos.

Entre las ocho de la mañana y las cuatro de la tarde, el Sr. B vivía abrazado a un amor platónico. Amoldar su cuerpo, anatómicamente a la silueta cálida impresa en la cama, se hizo un hábito idílico que terminó convirtiéndolo en un loco de ocho horas. Para empezar, su audición comenzó a jugarle malas pasadas, oía una voz que no provenía de ninguna parte y, a medio dormir, la explicación que él mismo se daba, era que estaba íntimamente relacionada con el calor de la cama, que la profería el cuerpo ausente. Lo que poco a poco, para él, fue convirtiéndose en una realidad incuestionable, y aprendió a convivir con el vacío personificado de la habitación.

La angustia de la Srta. A no se produjo en forma gradual, sino abruptamente, ocurrió quizás la primera vez que la luz de la luna se cortó por las persianas o al instante en que el silencio se apoderó de la habitación. Y entonces, como el calor ajeno y breve que conservaba el colchón era todo el acompañamiento que tenía, antes que su propio cuerpo se adueñase de la cama, su mente proyectaba algo con qué ocupar el alma. Ocurría una ilusión de compañía que duraba como treinta segundos, a veces más, a veces menos, proporcionalmente a lo que durara la retención térmica de la cama, dependiendo del capricho de las ventiscas y los ladrillos antiguos; inclusive, en algunas ocasiones, la ilusión desaparecía en el momento en que ella llegaba a la habitación.

Era así, por ejemplo, que en el sitio donde caía la luna filtrada por las celosías, veía a un hombre franjeado por la luz, sentado en el escabel pintado estilo Luis XVI, evanescente en la frontera de la oscuridad.

Durante este tiempo, conservaron ciertos paralelismos misteriosos: los tres solitarios solo poseían ocho horas de vida privada, estaban enamorados del halo de la temperatura de un cuerpo desconocido, sufrían burlescas alucinaciones hipnagógicas, y estaban predispuestos a tumbarse por el humor de la curiosidad y los celos. En cambio, las diferencias solo se manifestarán cuando uno de ellos amenace una arteria carótida con una lapicera, porque después de eso se convertirá́ en un fugitivo cobarde; otro de los solitarios arrastrará un cadáver envuelto en una cortina azul cielo hasta la orilla de un río; y el último, será aquel cadáver.

No importa cuánto deseemos amar o ser amados, ni al corazón ni al cerebro le bastan la sombra de un afecto. Tarde o temprano piden más. Le sucedió a la Srta. C mientras hablaba en la penumbra con la silueta del perchero, y éste no le respondía. Lo experimentó el Sr. B cuando traspasó la figura de la dama parlanchina en el tocador. Lo comprobó la Srta. A, al darse cuenta que a su hombre le faltaba rostro.

Durante estos días y noches, se dejaron pequeños presentes o mensajes anónimos, sobre el ropero de cedro, junto a la cama, frente a la puerta, todos dirigidos a los que les antecedían en el lecho. Aunque nunca coincidían entre ellos (siempre salían más temprano o llegaban tarde), cada detalle recibido indirectamente hacía más viva la presencia ilusoria de los fantasmas de los solitarios, o acaso cultivaban trastornos de sueño inextinguibles. Pero como en todo cortejo, o cita a ciegas, la verdad se precipitó trágicamente en un chorro de revelaciones decepcionantes.

Insatisfechos, esta vez (por destino o azar, al mismo tiempo), los tres deciden develar de una vez por todas quién les deja la cama caliente, y si los espectros que aparecen en la habitación tienen algo de reales. Por eso la Srta. C, pide al taxista que se regrese, no irá a su trabajo en la estación de servicio. No sabía que el Sr. B se excusó en el suyo, había llegado unos minutos antes que ella, todavía vistiendo su uniforme de guardia, y mientras la Srta. C baja del taxi, él se encuentra subiendo las escaleras del edificio. Y la Srta. A, permanece insomne porque las cortinas azul cielo, colocadas recientemente, obstruyen el paso de la luz de la luna y obstaculizan las quimeras nocturnas. Arranca los tapices de un tirón, abre las persianas, y se congela frente a la ventana. Aquí ocurre el primer encuentro visual entre dos inquilinas.

El Sr. B, resuelto, derriba la puerta de la habitación. En este mismo instante la Srta. C se estremece bajo el único farol de la calle contemplando una silueta femenina donde esperaba ver al dueño del cuerpo idealizado; y, simultáneamente, la Srta. A y el Sr. B, se llevan sus propias desilusiones. En este mismo minuto, lo fantástico y lo real se conjugan en una desquiciada sensación, el Sr. B en un rotundo estado de negación siente aversión por la extraña que ocupa el lugar de aquella que él veía pero ignora que no existe. Y la Srta. A, se ofusca en su inmensa paranoia, al ver que es vigilada desde la calle mientras siente otra presencia bajo el dintel de la puerta.

La naturaleza de la Srta. C se confabula con la experiencia del Sr. B y confirman el trágico final. No en vano la habitación vuelve a parecerse a un buque antiguo anclado en el astillero de los vencidos, ha naufragado antes de partir. En los sesenta segundos que dura la hora cero, existen sincrónicamente.

El Sr. B es el capitán frustrado de un buque que nunca logró zarpar, empuña una lapicera con el logo de una empresa de seguridad desencadenando una serie de acciones desafortunadas. La Srta. A se resiste al ataque histriónico con una dureza particular. Forcejean a la vez las alucinaciones: la dama parlanchina y el hombre iluminado a rayas. Los solitarios y sus cuerpos calientes se hieren con objetos cotidianos y contundentes. Entonces, los dos advierten el arma envainada en la cintura del Sr. B. Es el momento en que dejan de ser contendientes para convertirse en un fugitivo cobarde y una cómplice responsable. La Srta. C, en overol y kepis bicolor, se asoma jadeante al umbral de la puerta, suena un estruendo, sus ojos apenas pueden comprender la absurda realidad, es una víctima inocente, un futuro bulto azul cielo en el fondo del río, desafortunada en la vida y la muerte: una bala perdida está suspendida en el aire, el duelo finalizará cuando penetre en su pecho. Durante el trayecto de la bala, piensa amargamente, casi burlona- mente, que debió alejarse de los anuncios clasificados, de las relaciones afectuosas, de los dinteles grecorromanos y de las camas calientes.



Mónica Bustos (Asunción, 1984) is the author of five novels: León muerto (Cría Cuervos, 2004), Chico Bizarro y las moscas (Alfaguara, 2010), which was awarded the inaugural Augusto Roa Bastos Prize, El club de los que nunca duermen (Alfaguara, 2012), Novela B (2013) originally published in Mexico and reissued in 2020 in Spain by Obscura Editorial, and Humberstone (El Lector, 2016) reissued in 2022 by Pro Latina Press.